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¿Por qué decimos “parecen muéganos”? El origen dulce de una frase pegajosa

Si alguna vez viste a dos amigos inseparables, de esos que van juntos a todos lados, seguro alguien soltó la frase: “parecen muéganos”. Y no, no es insulto. Es pura historia… y azúcar.

El muégano es más que una golosina de feria, es un testigo crujiente de nuestro mestizaje cultural.

Se sabe que la historia del muégano comienza en las cocinas árabes, quienes llevaron a España la tradición de freír masas y bañarlas en miel, llegando a México en el siglo XVI

En la Nueva España, los conventos de Puebla y Tlaxcala fueron el laboratorio. Las monjas adaptaron la técnica europea a lo que había aquí. Cambiaron la miel de abeja por miel de piloncillo, agregaron anís y usaron harina de trigo local. El resultado: bloques de trocitos fritos, unidos por una miel espesa.

Aunque varias ciudades se disputan su invención como Puebla; es Huamantla en Tlaxcala, quien se considera la cuna del muégano. Desde el siglo XIX, familias enteras han mantenido la receta. Ahí, el muégano no es solo comercio: es identidad. Se preparan en cazos de cobre y se cortan a mano.

El muégano saltó del plato al habla cotidiana por su característica más obvia: todo va pegado. De ahí nació la frase: “parecen muéganos”, para describir a personas inseparables. La cultura popular convirtió un proceso culinario en metáfora de amistad, complicidad y a veces hasta de noviazgos intensos.

Cabe mencionar que en 2020, se declaró a los Muéganos de Huamantla, Patrimonio Cultural y Gastronómico de Tlaxcala.

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