¿Por qué decimos “parecen muéganos”? El origen dulce de una frase pegajosa
Si alguna vez viste a dos amigos inseparables, de esos que van juntos a todos lados, seguro alguien soltó la frase: “parecen muéganos”. Y no, no es insulto. Es pura historia… y azúcar.
El muégano es más que una golosina de feria, es un testigo crujiente de nuestro mestizaje cultural.
Se sabe que la historia del muégano comenzó en las cocinas árabes, quienes llevaron a España la tradición de freír masas y bañarlas en miel, llegando a México en el siglo XVI.
En la Nueva España, los conventos de Puebla y Tlaxcala fueron el laboratorio. Las monjas adaptaron la técnica europea a lo que había aquí. Cambiaron la miel de abeja por miel de piloncillo, agregaron anís y usaron harina de trigo local. El resultado: bloques de trocitos fritos, unidos por una miel espesa.

Aunque varias ciudades se disputan su invención como Puebla; es Huamantla en Tlaxcala, quien se considera la cuna del muégano. Desde el siglo XIX, familias enteras han mantenido la receta. Ahí, el muégano no es solo comercio: es identidad. Se preparan en cazos de cobre y se cortan a mano.
La peculiaridad de los muéganos de Huamantla es su crujiente base de oblea y suavidad en el pan. Son cuadros de masa horneada con manteca, bañados con miel de piloncillo y unidos para crear rectángulos.
Se considera que su preparación data de hace 10 años, aunque la tradición oral asegura que fue Aurelio Martínez quien creó estos dulces en 1938.
El muégano saltó del plato al habla cotidiana por su característica más obvia: todo va pegado. De ahí nació la frase: “parecen muéganos”, para describir a personas inseparables. La cultura popular convirtió un proceso culinario en metáfora de amistad, complicidad y a veces hasta de noviazgos intensos.
Cabe mencionar que en 2020, se declaró a los Muéganos de Huamantla, Patrimonio Cultural y Gastronómico de Tlaxcala. ¿Lo sabías?
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